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El mito de Prometeo es el
más claro ejemplo de lo fragmentada que llega a nosotros
la información, ya que se trata en realidad de "El mitómano
de Prometeo". Así debió haber figurado este personaje
en los anales de la mitología.
Prometeo era hijo de Telojuro y Creétela. Cuando niño
ninguna cualidad especial hallóse en Prometeo. Era una criatura
como cualquiera de las humanas y por lo tanto mortales. El Olimpo
comenzó a sospechar su decadencia, "dioses eran los
de antes..." era el rumor más escuchado en los pasillos
del monte.
Pero más tarde manifestóse en Prometeo el don tan
esperado. Tratábase en este caso de una grandilocuencia y
un poder de convicción como jamás se había
conocido.
Prometeo iba por las calles improvisando discursos compuestos sólo
por promesas, y a su paso rodeábanle y seguíanle los
habitantes que quedaban fascinados con estas promesas. No había
problema que Prometeo no prometiera solucionar, no había
fealdad que Prometeo no prometiera embellecer, ninguna situación
ideal quedaba excluida de su discurso. Situación a la que
Prometeo prometía llegar, claro está.
Tan grande era el poder de Prometeo que lograba suplantar una promesa
incumplida con otra nueva promesa sin que el pueblo dejara de confiar
en él, ni siquiera por un brevísimo instante de desilusión.
Casi todas las historias mitológicas concluyen, ninguna parece
sostenerse hoy día. No es el caso de este relato. Prometeo
no se ha transformado en planta, animal, ni fruto; no ha sufrido
el castigo de los dioses; no se ha dispersado en constelación
alguna. Prometeo aún está vivo y se le sigue rindiendo
culto. Trascendió los límites del Olimpo y es un dios
que mora entre los simples, desprevenidos e inmemoriosos mortales,
a los que sigue embelesando con sus promesas.
Es cierto lo que se rumoreaba en aquel entonces, dioses eran los
de antes.
En este caso también podemos agregar: y promesas son las
de siempre.
Emilse Alíade
Mitólica en recuperación
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