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Hace instantes un terrible estrépito
despertó a la durmiente Buenos Aires. Un objeto volador identificado
como ovni ensartóse chinchulinescamente en el obelisco. Segundos
después un extraño tripulante -cuyos anteojos evidenciaban
su condición de chofer- descendió con aires de indiferencia,
resbalando con presteza por una arista obeliscal.
Se excusó por el incidiente acaecido, argumentando una falla
en las pastillas de freno y aprovechó la multitud espontáneamente
aglutinada para anunciar -en perfecto castellano- su candidatura
a la presidencia de la República Argentina.
Cada vez más gente se acerca al lugar para unirse a los sorprendidos
espectadores, que empiezan a interrogarse acerca de la forma en
que deben reaccionar. Entretanto, el candidato aguarda pacientemente
algún signo de aprobación.
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