Pintando la vida y pintándole la cara
a quienes pensaban censurarla, Frida Kahstralo luchó gran parte
de su existencia contra la censura de sus pinturas en cuanto museo
de Bellas Artes exponiera.
Comenzó, como todos los pintores, usando
sus pequeñitos lápices para enchastrar la pared de su
casa, situación que no agradaba para nada a su familia, especialmente
cuando recibían visitas. Al descubrir la pasión que
tenía por las pinturas, la madre le regaló un juego
de pinturas pastel y un atril, para que retratara los alegres colores
de la vida, y el padre le regaló un andamio y una brocha gorda,
para que pintara el frente de la casa.
A medida que crecía, Frida fue definiendo sus gustos en la
pintura. Pintó paisajes, pintó naturalezas muertas,
pintó de todo, pero no encontraba su verdadera pasión.
Hasta que se le ocurrió pintar un desnudo, más precisamente,
un hombre desnudo. Las críticas no tardaron en llegar, las
malas críticas, las buenas sí, tardaron. En realidad
las buenas críticas nunca llegaron, pero esto no desalentó
a Frida.
La polémica central no era que pintase desnudos, sino que los
desnudos fueran tan desnudos. Y tan... y que tuvieran tan a la vista
el... bueno, creo que se entiende.
De ahí que, haciéndole honor a su apellido, y para lograr
exponer en la sede nacional de la cultura, tuvo que seccionar todas
sus pinturas, o dibujar jarrones que antes no estaban, macetas con
plantas que hicieran de cortina y otros utensilios que hicieran las
veces de fajas censuradoras, para aplacar las críticas moralizadoras.
Triste historia la de Frida Kahstralo, que supo pintar todo lo que
había y le hicieron pintar más, para esconder lo que
todos sabían que existía.
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