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NOTAS | EDITORIAL - OPINIÓN
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Papá Noel, ¿héroe o canalla?


¿móvil de los adultos para infundir terror?

Más allá de la tierna y recalcadísima imagen de viejito rechoncho y bonachón, Papá Noel generaba (y aún debe generar) sentimientos encontrados.

Yo me pasaba buena parte del año esperando a que llegara y cuando por fin lo hacía, me escondía por los rincones para no tener que llevarme la desagradable sorpresa de verlo.

Los primeros días de diciembre, justo cuando las clases se acababan, se empezaba a oír más frecuentemente la muletilla paterna "si-no-te-portás-bien-Papá-Noel-no-te-va-a-traer-nada".

Las mentes alertas nos dábamos cuenta así de que Navidad se acercaba y empezábamos a escrutar el cielo para permitirnos confundir aviones con trineos.

Más aún, un tío generoso, ocurrente y traumático nos había jurado que por el ojo de esos esperpentos que hace 20 años se usaban para rematar la punta del arbolito, Papa Noel vigilaba, atento, todas nuestras movidas. Una especie de Gran Hermano, sería. Por lo tanto, plenos del temor de dios, delante del árbol pasábamos en puntas de pies y sin objetar palabra.

Días y días esperando, la calma no llegaba y por el contrario, la ansiedad nos ponía en un estado frenético que ningún adulto soportaba. Y ahí vino la idea maravillosa (de un adulto, por supuesto).

Mi tía se disfrazó de Papa Noel y apareció, tocando una campana por los fondos de la casa, mientras mis primos y yo jugábamos en el patio. Todavía lo recuerdo como si fuera ayer. Sólo divisé la punta del gorro rojo coronado de blanco, alertada por unas campanitas que no sabía de donde venían...un gorro rojo, que se acercaba cada vez más, con un Jo..Jo...Jo...muy macabro. Y eso me bastó.

Mi primer movimiento fue poner a mi hermano menor a salvo de aquella criatura, como no lo logré (el chico estaba paralizado del terror), opté por el segundo movimiento: ponerme a llorar a gritos pelados (movimiento que casi todos mis primos habían tomado como primera opción).

Ese nefasto ser se iba acercando con la complacencia de mis padres y abuelos. El revuelo fue tal, que el falso Papá Noel no tuvo más alternativv que dejar los regalos en el piso y tomárselas donde lo recibieran más gratamente.

Mi prima en su ataque de terror vomitó todo cuanto había comido, a mí me tuvieron que lavar la cara para que dejara de llorar, mi primo quedó medio marmota para siempre...

Desde aquella oportunidad, Papa Noel no volvió a visitarnos (a menos en cuerpo y alma). Si bien nos perdonó, ya que siempre dejó algún regalito. Aún hoy, cada 24 por la noche me da una mágica sensación de terror e ilusión que, sabiamente como adulta que soy, le paso a mis ahijaditas de 6 años.

Testimonio de Vanessa Regrave,
salido a la luz luego de varios años de terapia.


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